
-Cierra la puerta, dijo inquieto el hombre que escribía de manera compulsiva.
Una vez hubo escuchado el agudo crujir de la madera que precedía al portazo, pudo al fin respirar tranquilo. Cada vez que la puerta se abría para dejar entrar o salir, según fuera el caso, a la chica del pelo color caoba, su corazón se encogía de tal manera, que el silencio se hacia dueño absoluto de la pequeña estancia donde vivía encerrado desde hacía años. La chica que salía tenía por nombre Amanda. El hombre que quedaba ya no recordaba ni su nombre.
Había perdido casi por completo el contacto con el mundo exterior. Su vida cotidiana se limitaba a escribir sobre un papel en blanco, sorber café aguado, leer el periódico que a diario le traía la chica llamada Amanda, y tomar algo de whisky con un par de hielos (le encantaba escuchar el sonido de los cubitos golpeando la pared de vidrio del vaso cada vez que se lo acercaba a los labios). Una barra de labios color `carmín intenso´ le había atravesado el corazón. Desde entonces, su fobia a los espacios abiertos se había ido convirtiendo poco a poco en una voraz obsesión que lo estaba consumiendo. Pasaba las horas escribiendo, a veces con furia, otras con rabia, y la mayoría, con desgana. Sus dedos golpeaban las letras de la vieja Olivetti de una forma lúgubre pero a la vez acompasada, como si estuviera construyendo la sinfonía musical para un funeral. Amanda cuenta que había visto sangrar la yema de sus dedos en alguna ocasión en que había pasado varios días escribiendo sin descanso. Se detenía única y exclusivamente cuando llovía. Cuando escuchaba el tintineo de las gotas de lluvia golpeando los cristales, se asomaba al pequeño balcón del pisito y dejaba que el agua caída del cielo lo empapara hasta las entrañas. Se solía quedar allí de pie, mojado, en silencio, mirando absorto el cielo hasta que paraba de llover.
Una pequeña cojera en su pie izquierdo le permitía no tener que trabajar. Su paga de invalidez le daba para pagar el alquiler y cubrir los gastos mínimos que requería su monástica existencia. Amanda había sido una de sus alumnas más aventajadas cuando años ha, él ejercía su cátedra de literatura Hispanoamericana en la Universidad. Antes de soterrarse en el agujero en el que estaba, ambos, solían visitar un café del barrio alto y pasaban las horas recitando poemas de Benedetti, Neruda, Lorca y sobre todo de Miguel Hernández, su poeta predilecto. Conversaban sobre la vida, el amor, el pensamiento, la filosofía, el injusto mundo que les había tocado sufrir. Compartían lugares comunes de batallas políticas que ahora él casi no recordaba haber librado. Ella, por el contrario, se mantenía firme y activa sobre el coso de las luchas ciudadanas.
Tras el retiro espiritual del profesor, Amanda decidió pasar de vez en cuando a visitarlo. Recogía un poco, intentaba ordenar el piso (imposible…), comía con él y a veces, hacían el amor. Ella había sentido siempre una instintiva atracción hacia el profesor, pero este, con el corazón encallado durante mucho tiempo en otro puerto, no había reparado en la insultante belleza física de su ex alumna, hasta que se encontró sumido en el abismo mudo y gris de la soledad. Con el paso de los años se fue haciendo cada vez más y más arisco. Ya apenas si hablaban, pero ella seguía visitándolo. Le gustaba detenerse, pararse a mirar por encima del hombro lo que el destartalado profesor escribía con la ayuda de su no menos destartalada Olivetti, a pesar de que no entendía muy bien lo que éste andaba mecanografiando. Parecía ser una novela sin final posible. Llevaba tanto tiempo escribiéndola que los montones de papeles se acumulaban por todas las estancias del piso.
Un día, a media tarde, cayó una tromba de agua sobre la ciudad. Amanda estaba en su casa y al escuchar el fuerte sonido del agua jarreando contra el techo, descorrió urgentemente las cortinas. Al ver lo que estaba ocurriendo en el exterior su rostro palideció. No había visto nunca un aguacero de tal calibre. Al instante se acordó del profesor y su dichosa manía de salir a la terraza “a disfrutar” de los días de lluvia. Rápidamente se puso un impermeable, rescató el paraguas del armario y salió a la calle. A paso ligero y con algo de frío alcanzó el portal de la casa del profesor. Al llegar a la puerta, metió su mano mojada en el bolsillo y saco las llaves. Tras atinar con la llave adecuada en la cerradura, abrió la puerta y notó como una corriente de aire frío la abofeteaba de manera violenta. Un segundo más tarde, la puerta se cerró súbitamente tras ella. Las ventanas de la terracita estaban abiertas de par en par. Corrió hacia ella y al asomarse, el corazón le dio un vuelco. Él no estaba allí. Se asomo a la calle… Nada. Volvió al interior del piso y cerro las puertas de la terraza. Un silencio aterrador se apoderó del lugar. Dirigió su mirada hacia la mesa, estaba atestada de papeles escritos a maquina. Había más que de costumbre. Una taza de café humeaba todavía sobre uno de ellos. La vieja Olivetti ya no estaba cargada con folio alguno. Miró los papeles esparcidos sobre la mesa, se contaban por cientos, estaban desordenados, era imposible buscarles un orden. La desesperación iba desencajándole el rostro por segundos, las lágrimas se agolpaban tras sus párpados esperando ansiosas el momento de brotar y descolgarse sobre sus mejillas. Volvió a mirar a la terraza, y en el suelo, muy próxima a la puerta de la misma, diviso una hoja solitaria. Se acercó con rapidez y se agachó para asir la página. Estaba mojada, y en ella había un único párrafo que ocupaba un tercio de la misma. Lo leyó:
…entonces, salí a la terraza y alcé la vista. La lluvia regó mi rostro con una fuerza descomunal. Cerré los ojos, abrí los brazos cuan si fueran alas y me lancé al vacío. Después, no recuerdo bien. Solo sé que al abrir los ojos no estaba, o mejor dicho, no me encontraba pero sí que estaba, era agua, me había convertido en lluvia. Y después de tantos y tantos años, volví a sentirme con vida. Me posé en las mejillas de los desencantados que como yo, también volvieron a sentirse vivos; golpeé con fuerza los cristales de las ventanas donde los estudiantes soñaban su futuro, llanteé con rabia sobre los mares, me fundí con el agua de pantanos y ríos, rodé montaña abajo anegando de vida con mi sangre los campos de trigo de los indios; Hice florecer praderas enteras, encerré a los amigos en sus casas y a los amantes en sus camas para que todos se dijeran a la cara lo mucho que se amaban. Arrastré aquellos guijarros del camino que llevaban siglos sin moverse, acaricié las manos de los presos que asomaban entre los barrotes, y al mirarlos a los ojos, los vi sonreír, sonreían como nunca lo habían hecho desde que dejaron de ser libres. Y volé, volé de nube en nube para detenerme en todos los continentes, para desplegar mi esencia sobre el mundo entero, fui la tormenta más bella e intensa que jamás ha vivido el Universo.
FIN
Juan Antonio González Molina
Quería con este cuentecillo o relato de invierno dar las gracias a tod@s los compañer@s que compartimos la pasión por la literatura y desde los distintos blogs esparcimos por el mundo nuestra obra. Los que me leen un poquito sabrán que no acostumbro el relato... pero en fin, los sentimientos a veces son irrefrenables y no he podido contenerme. Espero les guste, es el primer relato corto que "intento".
Quería con este cuentecillo o relato de invierno dar las gracias a tod@s los compañer@s que compartimos la pasión por la literatura y desde los distintos blogs esparcimos por el mundo nuestra obra. Los que me leen un poquito sabrán que no acostumbro el relato... pero en fin, los sentimientos a veces son irrefrenables y no he podido contenerme. Espero les guste, es el primer relato corto que "intento".
Ya no nos leeremos hasta el año próximo, ya que el sábado 26 me marcho a una pequeña casa-cueva que he alquilado en la sierra por unos días y no volveré hasta el día 31 a la tarde. A los que tengais vacaciones como yo, simplemente disfrutadlas, descansad, sonreid mucho, y recargar esas pilas que para el año que entra hay que seguir en el campo de batalla por hacer de este mundo un lugar más humano y más justo. Y nada, a todos los que pasais por aquí quiero desearos unos felices días festivos y una feliz entrada de año, que los disfruteis mucho con amig@s y familia.